Irundiel llegó a la plaza central, como muchas mañanas había bastante jaleo por el mercado y le era algo molesto, ya que estaba acostumbrado al silencio del bosque. Llevaba unas vestimentas que lo definían claramente como un cazador solitario: una armadura de pieles, unas botas de cuero, un cuchillo y dos espadas cortas en la cintura y además un par de liebres y una perdiz recién cazadas enganchadas a su cinturón.
Entró en una posada donde un letrero colgado junto a la puerta la nombraba: "La lanza en el ojo del monstruo", un nombre con mucha historia detrás tal y como se lo había relatado el dueño de la posada, Goron, un viejo enano que colgó sus botas de aventurero y se encargó de esta taberna renombrándola.
- Aquí tienes, Goron – decía mientras colocaba un par de liebres y una perdiz cazadas sobre la barra – creo que podrás hacer un buen estofado con estas.
- Desde luego – Agradecía el enano – y también aprovecharé esa perdiz, que no te quepa duda. Irundiel, si quieres hoy estás invitado, no hay mucha clientela.
- Gracias. ¿Has visto a alguno de mis amigos por aquí?
- Solo he visto a Arima que ha salido no hace mucho con Leben. No te preocupes, cuando empiecen a oler la comida son los primeros en pasarse por aquí. Por cierto – añadió el enano – anoche llegó Silon a la ciudad, así que también vendrá aquí a comer.
- Vaya, Silon ha venido. Entonces creo que me asomaré antes por su tienda. Hasta ahora.
- ¡Espera! – el enano sacó una pequeña bolsa con dinero y se la dio a Irundiel – Estas piezas de caza merecen ser pagadas.
- Claro, muchas gracias. Adiós de nuevo. – y dicho esto salió de la Taberna.

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